El día que pensé que iba morir por unas botas

Juan Carbajal

About Juan Carbajal

Bombero por vocación, Abogado de profesión y analista por diversión.

Botas RotasNo recuerdo el día, ni tampoco con certeza recuerdo el año, lo que si recuerdo es que ese día iba a morir, y junto a este recuerdo la imagen de un amigo que me salvo de partir al más allá. Cosas del extraño destino pero mi amigo bombero ya hace tiempo partió de este mundo de la misma forma en la que yo iba a morir ese día de mis recuerdos.

Ya era tarde, casi noche cuidando atentos el teléfono de nuestra pequeña estación de bomberos, que bajo un techo de lamina de cartón negro protegía a nuestros dos camiones de bomberos y una ambulancia, viejitos todos pero listos y bien «chaineados» para cualquier emergencia. Por aquellos años no eran tan frecuentes las emergencias que ocurrían en nuestro Cabo San Lucas, pero esa tarde noche seria diferente, aprendería que la vida de un bombero siempre pende de un hilo cuando esta en servicio tratando de ayudar a otros.

Como todo buen voluntario pasábamos horas de guardia esperando el momento justo de poder estar allí cuando alguien esta en problemas y salir corriendo a tratar de ayudar. La algarabía y el «relajo de la palomilla» fue interrumpido de pronto por el sonido clásico de aquel teléfono de disco, pudimos advertir por la cara y preguntas que hizo quien contesto el teléfono que se trataba de un incendio, sin mediar palabra corrimos a colocarnos nuestro escaso equipo de protección personal, algunos bomberos solo tenían chaquetón y casco, otros sólo pantalón y los que tenían mucha suerte alcanzaban «botas de bombero»; pues yo era de los suertudos, tenía mis propias botas «rotas» pero bueno por lo menos algo cubrían mis pies.

Ya trepados en los viejos camiones de bomberos, parados atrás en el «faldón» de la maquina y agarrados del tubo como se viajaba antes en los camiones de bomberos, cegados por la luz de la torreta, tragando tierra y empolvados llegamos al negocio que se estaba quemando. Se trataba de uno de los tantos «Mini Supers» que existían antes de la llegada de los OXXOS, el incendio no era en el área de ventas del negocio sino en su bodega que se encontraba en la parte de atrás; grandes columnas de humo se elevaban por los cielos, las flamas danzaban rompiendo los cristales de las ventanas como en franco reto a nuestra llegada. ¡Desplieguen dos lineas de ataque! -Grito el Comandante Payan, Una para evitar que avanzará al interior del mercado y otra para combatir el fuego al interior de la bodega. Aceptando el reto del fuego y envalentonado por la adrenalina, cosa normal en un bombero de 20 años de edad, me enfoque en el fuego mayor que consumía las mercancías en la bodega. Entrar nos costo mucho trabajo pues la puerta de la entrada estaba bloqueada por varios costales de azúcar, sin embargo no había puerta que resistiera los marrazos de aquel gran amigo que hoy recuerdo con cariño.

Una vez que la puerta cedió, comenzamos el combate del fuego desde adentro lanzando chorros de agua de acuerdo a las enseñanzas de mi Comandante Payan; ver las flamas correr por el techo y sentir el poder de hacerlas retroceder con el chorro de agua es una experiencia que sólo entienden los bomberos, era como enfrascarse en una lucha cuerpo a cuerpo donde cualquier descuido te hace perder la batalla. El fuego fue cediendo poco a poco, el azúcar encendida era difícil de apagar pues el intenso calor había hecho una gran melaza, mi tarea era acabar con el enemigo no importando el agua que se necesitará, al fin y al cabo ya había un par de pipas afuera abasteciendo a las maquinas de bomberos.

Ya casi terminaba de «Cenizear» apagando las brazas que quedaban en la parte superior de los anaqueles, cuando me di cuenta que caminaba en una piscina, el agua cubría mis botas completamente; podía sentir mis calcetines completamente empapados sobre mis pies, pero no importaba porque al final yo había vencido. Estaba solo en esa bodega lanzando los últimos chorros, los demás se habían ocupado de ventilar el «Mini Super» el cual recibió todo el humo del incendio, otros más seguían enfriando los alrededores para evitar cualquier re ignición del fuego. Y llego ese momento, en el que pensé que iba a morir. Alguien desde la calle subió la palanca de la caja de electricidad que alimentaba la bodega pues quería ver los daños que el incendio había causado; mi cuerpo se empezó a torcer, mis manos no me respondían, no podía soltar la manguera, mi quijada se trabo, no podía gritar, parecía que una fuerza desde el piso me jalaba hacía abajo tratando de doblar mis piernas, mis ojos volteaban hacia afuera buscando ayuda, quería gritar pero no podía articular palabra, nadie me miraba y pensé que era el fin. ¡No puede ser!- pensé ¡Voy a morir! ¡Dios donde estas!. Mis ojos se aferraban mirando hacia la puerta rogando a Dios que apareciera alguien y me ayudara, sentí como mi corazón se alteraba y me respiración se dificultaba, y de pronto ahí estaba e,l mi amigo Arturo Soto, parado debajo del marco de la puerta, lo vi como un ángel, quería gritarle y no podía solo salía un leve ruido de entre mis dientes. ¿Gordita que tienes?- pregunto al verme casi doblado por la corriente eléctrica que recorría mi cuerpo, solo le pude responder con la mirada ¡Ayudame!, iba a correr ayudarme pero se dio cuenta de que me estaba electrocutando, muy enojado recuerdo que grito ¿Quien chingados subió la palanca de la luz? ¡Bajenla cabrones! el mismo corrió y bajo la palanca de la corriente, tan pronto como cedió la energía eléctrica, mis fuerzas se escaparon y caí de cara en ese gran charco de agua. Me sacaron del lugar y me dieron los primeros auxilios, estaba adormecido y mi corazón brincaba inquieto. ¡ pensé que iba a morir! les decía a mis compañeros.

Un cable de electricidad en el piso de la bodega y mis «botas rotas» habían sido la causa de esa experiencia, donde aprendí el valor de la vida y el valor de la amistad. Hoy mi amigo ya no esta con nosotros, ya partió hace tiempo, se fue de la misma manera de la cual me salvo, pero yo no estuve allí para ayudarlo y eso me duele. Llegue demasiado tarde junto con otro gran amigo,

Donde quiera que estés amigo, GRACIAS JAMAS TE OLVIDARE.    .

En Honor del Comandante Arturo Soto.

(Gordita era el apodo que él me puso, porque en aquellos años tenía sobrepeso)

 

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